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Visitas Ilustres 2009

Informe del visitante inglés Clifford Marcus

Infatigable en su esfuerzo por acercarles, nuestros estimados lectores, absolutamente lo mejor en materia de periodismo de ajedrez, el Chequered Board [El tablero jaquelado], la principal revista de ajedrez del Reino Unido, envió a este reportero hasta la lejana Buenos Aires para informarles sobre las novedades del ajedrez al sur del Ecuador. Y por cierto que halló un verdadero oasis de actividad escaqueada en el Club Argentino de Ajedrez, situado en Paraguay 1858 (http://www.argentinodeajedrez.com.ar/index.htm). Si andan por ese lado de la ciudad, bien les valdrá visitarlo, pero recuerden que los días hábiles no abre hasta las diecisiete.

En mi primera visita me dio una cálida bienvenida Norberto, que me sentó en su escritorio para contarme un poco del club. Lo más destacado de la historia ajedrecística de Buenos Aires se remonta, claro está, al match Capablanca-Aliejin, que en realidad no se disputó en las actuales instalaciones [del Club] sino en un hotel a pocas cuadras del Club [en realidad, en la sede que el Club alquilaba entonces, sobre la calle Carlos Pellegrini. –N. del T.–]. Me hizo luego una lista de todos los ilustres visitantes del Club, entre los que se contaron casi todos los campeones mundiales [desde Lásker hasta Kaspárov, con la sola excepción de Botvinnik –N. del T.–]. Sí –Norberto me lo confirmó ante mis ojos azorados de colegial que hace una pregunta de obvia respuesta–, Kaspárov había estado aquí. Al decirlo, bajó un poco la voz y se inclinó sobre su escritorio para decirme que uno de los jugadores locales [el entonces M.I. Pablo Zarnicki –N. del T.–] lo había derrotado en una partida de 5 minutos por jugador. Puedo asegurarles que eso no le hizo ninguna gracia a Kaspárov.

Norberto me guió entonces en una visita por el Club, que transmite la sensación, con viejo reloj de madera que da las campanadas y todo, propia de un club londinense de caballeros, y yo pisaba casi con veneración la escalinata de madera por la que sabía que había ascendida el propio Garry. El primer piso cuenta con un salón de juego donde repiquetean los relojes de ajedrez utilizados para partidas rápidas, una zona acordonada que alberga las reliquias del Club, un recinto con sillones de cuero y un aparato de televisión sintonizado las más de las veces en las transmisiones de fútbol. En respuesta a la pregunta de cuál es mi equipo favorito de fútbol les digo que soy hombre del rugby, me comentan sobre los Pumas y entonces recuerda que este es también un país de rugby. Uno siente profunda compasión por la gente que vive en países donde no hay nada para ver mejor que el fútbol. Después viene la zona del bar, con algunas mesas y sillas, donde sirven café, distintas bebidas –incluyendo un whisky argentino bastante respetable– y hasta un menú diario con algunos platos muy bien preparados, servidos todos en forma impecable, incluso al lado de los tableros, por jóvenes encantadores (¿no habría forma de conseguir que hubiese [en Inglaterra] jóvenes británicos que lo hiciesen igualmente bien?). Luego, más allá de unos vidrios que lo separan, un recinto para partidas de torneo, complementario del salón principal de juego en la planta baja, al que me llevó Norberto y donde pude presenciar algunas partidas que se estaban jugando.

Completado el tour, me sugirió un plan para asociarme al Club, consistente básicamente en pagar dos meses de cuotas por unas quince libras esterlinas, con lo cual podría inscribirme gratis como socio en el Torneo Simón Bolívar, de nueve ruedas. Otras actividades regulares son los torneos semirrápidos (partidas de 15 minutos por jugador) los viernes y sábados, y de “ping-pong” (7 minutos por partida por jugador) los domingos, pero el Bolívar era el principal torneo “pensado” (con tiempo estándar) durante mi estadía en Buenos Aires. Finalmente, [Norberto] me dejó librado a mí mismo, felicitándome por mi español al decirme que era yo el que mejor lo hablaba de todos los visitantes de ultramar (lo cual, supongo, incluye también a Kaspárov). Decidí mirar un rato algunas de las partidas que se estaban jugando en el salón de torneos de la planta baja, donde finalmente comprendí algo que siempre había querido saber: por qué en Gran Bretaña tenemos una temporada de ajedrez, siendo que esta actividad no depende del tiempo, y sin embargo no jugamos durante el verano. Solo mirar las partidas después de un día de 30 grados en el calor de Buenos Aires (que en realidad son 35 grados de sensación térmica porque allá este factor es el inverso del nuestro en invierno, y así la sensación térmica resulta más elevada que la temperatura) se hace agotador, de manera que no quiero imaginarme lo que sería jugar en esas condiciones. Una de las partidas se disputaba entre el ex presidente del Club y el actual. Después me presentaron a este último,, Luis Palacios, hombre verdaderamente encantador quien dijo hallarse complacido de tenerme como socio y que es un experto en la historia del período isabelino, y hasta tiene una melodía de Bird como tono de llamada en su teléfono celular. (¿Será el mismo Bird de la apertura? Tendremos que preguntarle a nuestro jefe de redacción... [Obviamente una chanza, pues el Bird de la apertura es un jugador inglés de fines del siglo XIX, tres siglos posterior al período isabelino. –N. del T.–]) Cuando mi adversario no se presentó en la primera rueda del torneo Bolivariano, me conmovió que Palacios me invitara a jugar una partida informal, con la preocupación de quien genuinamente piensa en el bienestar de todos sus socios. Negó luego que me hubiera dejado ganarle la partida, mas no me extrañaría que lo hubiese hecho adrede.

Mi primera noche [en el Club] concluyó con una ronda de partidas rápidas con algunos muchachos jóvenes y una última contemplación de las sagradas reliquias. Estas incluyen las piezas, el tablero y el reloj del match Capablanca-Aliejin, que por sí solos bien valen dar la vuelta al mundo para verlos. También están el juego [y la mesa] del match Petrosian-Fischer. En representación de todos nuestros socios de Cowley, contemplé las reliquias de pie en respetuoso silencio y ofrecí humildes plegarias a Caïssa [se pronuncia KA-Í-SA, no kai-sa –N. del T.–] para que nos conceda sus bondadosos dones, a nosotros, sus fieles adoradores, a quienes nada interesan los placeres superficiales y los falsos goces de otra divinidades, pues las delicias del tablero brindan satisfacción instantánea sin saciar nunca el apetito. Probablemente no habría podido darme el gusto de sacrificarle una llama [a Caísa], así que no lo intenté y espero que me perdonen por haber sido pusilánime.

En visitas posteriores conocí a muchas otras personas, entre ellas el maestro de la F.I.D.E. Blas Pingas, con quien tomé un par de lecciones muy instructivas, mayormente en español, pero salpicado con algo de ruso, inglés y hasta de italiano. Analizamos la primera partida que jugué en el torneo (después de que las dos primeras ruedas me reportaran sendas victorias por ausencia que me catapultaron a los puestos más altos del pareo), una derrota en 20 jugadas a manos de un 2300, y resultó que, muy tapado en lo profundo de una variante, yo había tenido la posibilidad de un sacrificio de las dos torres y la dama que seguramente habría sido bautizado como la Inmortal argentina. Sea como fuere, al cabo de un par de visitas había yo conocido a bastantes personas como para poder disfrutar de conversación o de partidas de 10 minutos si me daba una vuelta por el club al atardecer. También observé que el bar tenía una muy buena conexión de wi-fi, de modo que incluso se puede jugar on line con la PC de bolsillo si uno así lo deseara.

Para matar el tiempo después de mi segunda victoria por ausencia, tuve un encuentro fascinante con una mamá de niño ajedrecista brasileño. Tengo apenas una muy vaga idea de lo que es una mamá de niño futbolista (o, más recientemente, de niño jugador de hockey), pero esta señora acompaña a su hijito a los torneos por todo el continente americano, y mientras conversábamos él inspeccionaba atentamente su nuevo juguete, un reloj digital de ajedrez que yo no tenía la menor idea sobre cómo “setear”. ¡Qué gusto ver cómo la nueva generación ya me ha sobrepasado! Mientras su hijo juega al ajedrez, ella se ocupa tras las bambalinas de tejer su red de contactos y evidentemente estaba interesada en mis conexiones con el ajedrez ruso. Me dijo que su meta última era conseguir que su hijo pudiese ir a Rusia a que lo entrenaran allí, aunque no estaba segura de que pudieran soportar el frío. Le aseguré que se sobreestima mucho el frío moscovita: si bien hay de vez en cuando días de 20 grados bajo cero, durante el año que pasé allá rara vez hizo menos de 15 bajo cero. Mis seguridades no surtieron mayor efecto pues la buena señora abrió de par en par sus ojazos negros, horrorizada ante la idea de 20 grados bajo cero. Para arreglar un poco las cosas opté por sugerirle que fueran durante el verano...

Entre los peces grandes y chicos que pululan en el estanque ajedrecístico del Club hay muchos maestros y maestros internacionales, y el pez más gordo es el modesto y amistoso gran maestro internacional Oscar Panno. Varias presentaciones fueron acompañadas ya de [cordiales] sonrisas al reconocer nuestros apellidos. Se nota que en esta país no han tenido pogroms... [Se nota que no oyó hablar de los pogroms de la Semana Trágica en Buenos Aires, enero de 1919, ni de la proporción de judíos entre los 30 000 desaparecidos de la última dictadura militar. –N. del T.–] Esa es la otra cosa que me gusta de este país, aparte de que jueguen al rugby.

Me siento obligado a contar que, siendo el único jugador identificado como inglés en la tabla de posiciones, entre todos los marcados como ARG, y un par procedente de Uruguay y de PER (el Perú, ¡aunque lo primero que pensé fue que significaba Persia!), tuve una actuación que me dejó en la mitad de la tabla del Torneo Bolivariano, la cual me dejó bastante satisfecho porque al empezar fui preclasificado como 155 sobre unos 170 participantes... Dicho de otro modo, el Club de Ajedrez de Cowley brindó a ese torneo el jugador europeo de ranking más elevado (y posiblemente también el jugador mejor “rankeado” del hemisferio norte, aunque no estoy muy seguro acerca de en qué hemisferio cae el Perú).
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Perú y “Avenida”, la [confitería] London [donde] un retrato de Cortázar preside como un monarca. Una [cerveza] Quilmes en la mano mientras leo un extraño cuento latinoamericano sobre un universo paralelo (donde Cartago no cayó y donde no existe Gales)... Se me ocurre entonces que quizás exista por ahí un universo alternativo donde en efecto se jugó mi partida inmortal. Me detengo en esta cavilación placentera mientras miro a los viandantes caminar por la calle Florida y recuerdo con sumo agrado los buenos momentos pasados en el Club Argentino de Ajedrez, en Paraguay 1858.

Clifford Marcus
Buenos Aires, [martes] 16 de diciembre de 2008

[Tradujo del inglés Fernando Lida García,
INDEC, lunes 19 de enero de 2009]


English version (original)
Buenos Aires Chess
Indefatigable in its struggle to bring you, our esteemed readers, the very best in chess journalism the Chequered Board, the UK’s leading chess magazine, sent this reporter all the way to Buenos Aires to report on chess happenings south of the equator. And a veritable oasis of chequered activity he found too in the Club Argentino de Ajedrez located on Paraguay 1858 (http://www.argentinodeajedrez.com.ar/index.htm). If you are in that part of town it is well worth a visit, but remember that on weekdays it does not open until five o’clock.

On my first visit I was given a very warm welcome by Norberto who sat me down at his desk to tell me a little about the club. Pride of place in Buenos Aires chess history goes of course to the Capablanca Alekhin match, which was not actually played on these premises, but in a hotel a few blocks away. Then followed a list of distinguished visitors who had visited the club, including nearly all the world champions. Yes, Norberto confirmed to my wide eyed schoolboyish question, Kasparov has been here. Here he lowered his voice and leaned over his desk to tell me that one of the local members had actually beaten him in a five minute game. Kasparov was not very pleased about that, I can tell you.

Norberto then showed me round the club, which has the woody grandfather clock feeling of a London Gentlemen’s club and I felt inclined to tread cautiously up the wooden staircase knowing that the very Rug himself had ascended these stairs. The first floor included a playing room busy clattering away to the sound of hammered clocks and speed games, an area cordoned off that houses the holy relics, an alcove with leather armchairs and television set which more often than not was tuned into football. In answer to the question what football team I support I tell them I am a rugby man they make some comment about the Pumas and I remember that this is of course a rugby nation as well. One feels a deep compassion for people who have to live in countries where there is nothing more interesting than football to watch. Then follows the bar area with a few tables and chairs, the bar serving coffee, a variety of drinks – including Argentine whisky which is quite respectable, and even a daily menu with some very impressive dishes, all served with impeccable service (even board side…) by the delightful young wait staff (couldn’t get British kids to do that kind of job properly, could you?). Then on the other side of a glass partition an area for tournament games, which is the spill over from a similar area on the ground floor which Norberto then took me down to show me which had some games in progress.

At the end of the tour he suggested a membership scheme for me, which was basically a two month membership for about 15 pounds, which meant that I could enter the nine round Simon Bolivar Tournament for free as a member. Other regular activities include semi rapids (15 minute games) on Fridays and Saturdays, and “pingpong” (seven minute games) on Sundays, but the Bolivar was the biggest “pensado” (standard time) event going on while I was in town. Finally he left me to look round for myself, complimenting me on my Spanish saying I spoke the best Castillian of any of the overseas visitors (which I assume included Kasparov…). I decided to kibbitz on some of the games being played in the downstairs tournament room where I finally understood something that I had always wanted to know. Why it is that in Britain we have a chess season, chess presumably being a non weather dependent game yet we don’t play in the summer. Just watching the games after a day in the 30 degree Buenos Aires heat (which is really 35 degrees, they have a wind chill factor in reverse making the real heat sensation higher than the temperature) was exhausting, so I couldn’t imagine what it was like to play. One of the games featured a clash between the former and present presidents of the club. I was later introduced to the president, Luis Palacios, a truly charming man who said he was delighted to have me as a member and who is an expert in Elizabethan history and even has a melody from Bird as his mobile phone ring tone. (Is that the same Bird as the opening? We must ask our editor about that…). In fact when my opponent didn’t turn up in the first round of the Simon Bolivar tournament I was very touched that he invited me to play an informal game with the genuine concern of someone who cares for all of his members. He denied that he let me win the game but I wouldn’t have put it past him.

My first evening concluded with a round of fast games with some young lads and a final contemplation of the holy relics. These include the pieces, board and clock from the Capablanca Alekhin match, which alone were worth the trip round the world to see. There is also the set from the Petrosian Fischer match. On behalf of all our Cowley members I stood in respectful silence before the relics and offered suitably humble prayers to Caissa that she bestow her bounteous gifts on us, her dutiful worshippers who care naught for the superficial pleasures and false joys of other divinities, the delights of the board giving instant satisfaction while leaving the appetite uncloyed. I would probably not have got away with sacrificing a llama so I didn’t ask, you’ll forgive my timidity.

I met a variety of people on subsequent trips, including FIDE master Blas Pingus with whom I took a couple of very instructive lessons - mostly in Spanish but with some Russian, English and a flourish of Italian thrown in. We analysed my first actual game in the tournament (after my first two victories by default which unceremoniously catapulted me into the stratospheric section of the draw…) a 20 move rout at the hands of a 2300 and it turned out that slumbering very deep below the coverlet in one variation I had a two rook and queen sacrifice in what would no doubt have been christened the Argentine Immortal Game. Anyway after a couple of visits I had met enough people not to be without a pleasant chat or a couple of ten minute games when I pop round for a couple of hours in the evening. I also noted that the bar had a very good wifi connection so you can even play on line with your pocket pc if so inclined.

Filling in the time after my second default win I had a fascinating encounter with a very intriguing Brazillian chess mom. I only have a vague idea what a soccer (or more latterly hockey) mom actually is, but this lady accompanies her young lad all over the Americas to chess tournaments and as we chatted he was busily inspecting his new toy, a digital chess clock which I had no idea how to set. How pleasant to see that the new generation has already surpassed me… While her son plays she busies herself behind the scenes with her network of contacts and was obviously interested in my Russian connections. She said their ultimate goal was to get to Russia for him to be trained there, only she was not sure how they would deal with the cold. I assured her that the cold in Moscow is greatly overestimated although there might be odd cold snap of minus twenty, in the year I spent there it hardly ever got colder than minus fifteen. My assurance was in vain, however, her dark eyes positively opened saucer wide in horror at the idea of minus twenty… Maybe you could go in summer I suggested rather lamely.

The centre’s pond life teems with masters and international masters, the biggest fish being the very modest and amicable grandmaster Oscar Panno. Many introductions were accompanied with smiling recognition at our surnames, already. You notice that they haven’t had pogroms here… That’s the other thing I really like about this country (the other being that they play rugby).

I feel duty bound, as the only “ENG” player among the host marked “ARG” and a couple from Uruguay and “PER” (Peru, my first thought having been Persia….) to inform you that I achieved a mid table performance in the Bolivar tournament which I was happy with since I was ranked 155 in the 170 odd strong field…Another way to put it is that Cowley Chess Club provided the tournament with its highest ranked European player (possibly also the highest ranked Northern hemisphere player, but I’m not sure which hemisphere Peru is in).

Peru and Avenida, the London Bar, Cortazar’s portrait surveys like a monarch. A Quilmes in hand reading some strange Latin American short story about a parallel universe (where Carthage didn’t fall, and Wales does not exist). The thought occurs to me, maybe there is an alternative universe out there where my immortal game was actually played. I muse pleasantly on this prospect watching the people walk along Calle Florida and think very fondly of my times at the Argentine Chess Centre on Paraguay 1858.
Clifford Marcus, Buenos Aires 16 Dec. 08


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