Infatigable en su esfuerzo
por acercarles, nuestros estimados lectores, absolutamente
lo mejor en materia
de periodismo de
ajedrez, el Chequered Board [El tablero jaquelado], la principal
revista de ajedrez del Reino Unido, envió a este reportero
hasta la lejana Buenos Aires para informarles sobre las novedades
del ajedrez al sur del Ecuador. Y por cierto que halló un
verdadero oasis de actividad escaqueada en el Club Argentino
de Ajedrez, situado en Paraguay 1858 (http://www.argentinodeajedrez.com.ar/index.htm).
Si andan por ese lado de la ciudad, bien les valdrá visitarlo,
pero recuerden que los días hábiles no abre hasta
las diecisiete.
En mi primera visita me dio
una cálida
bienvenida Norberto, que me sentó en su escritorio
para contarme un poco del club. Lo más destacado de
la historia ajedrecística
de Buenos Aires se remonta, claro está, al match Capablanca-Aliejin,
que en realidad no se disputó en las actuales instalaciones
[del Club] sino en un hotel a pocas cuadras del Club [en
realidad, en la sede que el Club alquilaba entonces, sobre
la calle Carlos
Pellegrini. –N. del T.–]. Me hizo luego una lista de todos
los ilustres visitantes del Club, entre los que se contaron
casi todos los campeones mundiales [desde Lásker hasta
Kaspárov, con la sola excepción de Botvinnik
–N. del T.–]. Sí –Norberto me lo confirmó ante
mis ojos azorados de colegial que hace una pregunta de obvia
respuesta–, Kaspárov había estado aquí.
Al decirlo, bajó un poco la voz y se inclinó sobre
su escritorio para decirme que uno de los jugadores locales
[el entonces M.I. Pablo Zarnicki –N. del T.–] lo había
derrotado en una partida de 5 minutos por jugador. Puedo
asegurarles que eso no le hizo ninguna gracia a Kaspárov.
Norberto
me guió entonces en una visita por el Club,
que transmite la sensación, con viejo reloj de madera
que da las campanadas y todo, propia de un club londinense
de caballeros, y yo pisaba casi con veneración la
escalinata de madera por la que sabía que había
ascendida el propio Garry. El primer piso cuenta con un
salón
de juego donde repiquetean los relojes de ajedrez utilizados
para partidas rápidas, una zona acordonada que alberga
las reliquias del Club, un recinto con sillones de cuero
y un aparato de televisión sintonizado las más
de las veces en las transmisiones de fútbol. En
respuesta a la pregunta de cuál es mi equipo favorito
de fútbol
les digo que soy hombre del rugby, me comentan sobre los
Pumas y entonces recuerda que este es también un
país
de rugby. Uno siente profunda compasión por la gente
que vive en países donde no hay nada para ver mejor
que el fútbol. Después viene la zona del
bar, con algunas mesas y sillas, donde sirven café,
distintas bebidas –incluyendo un whisky argentino bastante
respetable–
y hasta un menú diario con algunos platos muy bien
preparados, servidos todos en forma impecable, incluso
al lado de los tableros,
por jóvenes encantadores (¿no habría
forma de conseguir que hubiese [en Inglaterra] jóvenes
británicos
que lo hiciesen igualmente bien?). Luego, más allá de
unos vidrios que lo separan, un recinto para partidas de
torneo, complementario del salón principal de juego
en la planta baja, al que me llevó Norberto y donde
pude presenciar algunas partidas que se estaban jugando.
Completado
el tour, me sugirió un plan para asociarme
al Club, consistente básicamente en pagar dos
meses de cuotas por unas quince libras esterlinas, con
lo cual
podría
inscribirme gratis como socio en el Torneo Simón
Bolívar,
de nueve ruedas. Otras actividades regulares son los
torneos semirrápidos (partidas de 15 minutos por
jugador) los viernes y sábados, y de “ping-pong”
(7 minutos por partida por jugador) los domingos, pero
el Bolívar
era el principal torneo “pensado” (con tiempo estándar)
durante mi estadía
en Buenos Aires. Finalmente, [Norberto] me dejó librado
a mí mismo, felicitándome por mi español
al decirme que era yo el que mejor lo hablaba de todos
los visitantes de ultramar (lo cual, supongo, incluye
también
a Kaspárov). Decidí mirar un rato algunas
de las partidas que se estaban jugando en el salón
de torneos de la planta baja, donde finalmente comprendí algo
que siempre había querido saber: por qué en
Gran Bretaña tenemos una temporada de ajedrez,
siendo que esta actividad no depende del tiempo, y sin
embargo
no jugamos
durante el verano. Solo mirar las partidas después
de un día de 30 grados en el calor de Buenos Aires
(que en realidad son 35 grados de sensación térmica
porque allá este factor es el inverso del nuestro
en invierno, y así la sensación térmica
resulta más elevada que la temperatura) se hace
agotador, de manera que no quiero imaginarme lo que sería
jugar en esas condiciones. Una de las partidas se disputaba
entre el
ex presidente del Club y el actual. Después me
presentaron a este último,, Luis Palacios, hombre
verdaderamente encantador quien dijo hallarse complacido
de tenerme como
socio y que es un experto en la historia del período
isabelino, y hasta tiene una melodía de Bird como
tono de llamada en su teléfono celular. (¿Será el
mismo Bird de la apertura? Tendremos que preguntarle
a nuestro jefe
de redacción... [Obviamente una chanza, pues el
Bird de la apertura es un jugador inglés de fines
del siglo XIX, tres siglos posterior al período
isabelino. –N. del T.–]) Cuando mi adversario no se presentó en
la primera rueda del torneo Bolivariano, me conmovió que
Palacios me invitara a jugar una partida informal, con
la preocupación
de quien genuinamente piensa en el bienestar de todos
sus socios. Negó luego que me hubiera dejado ganarle
la partida, mas no me extrañaría que lo
hubiese hecho adrede.
Mi
primera noche [en el Club] concluyó con
una ronda de partidas rápidas con algunos muchachos
jóvenes
y una última contemplación de las sagradas
reliquias. Estas incluyen las piezas, el tablero y
el reloj del match
Capablanca-Aliejin, que por sí solos bien valen
dar la vuelta al mundo para verlos. También
están
el juego [y la mesa] del match Petrosian-Fischer. En
representación
de todos nuestros socios de Cowley, contemplé las
reliquias de pie en respetuoso silencio y ofrecí humildes
plegarias a Caïssa [se pronuncia KA-Í-SA,
no kai-sa –N. del T.–] para que nos conceda sus bondadosos
dones, a nosotros,
sus fieles adoradores, a quienes nada interesan los
placeres superficiales y los falsos goces de otra divinidades,
pues las delicias del tablero brindan satisfacción
instantánea
sin saciar nunca el apetito. Probablemente no habría
podido darme el gusto de sacrificarle una llama [a
Caísa],
así que no lo intenté y espero que me
perdonen por haber sido pusilánime.
En
visitas posteriores conocí a muchas otras personas,
entre ellas el maestro de la F.I.D.E. Blas Pingas,
con quien tomé un par de lecciones muy instructivas,
mayormente en español, pero salpicado con
algo de ruso, inglés
y hasta de italiano. Analizamos la primera partida
que jugué en
el torneo (después de que las dos primeras
ruedas me reportaran sendas victorias por ausencia
que me
catapultaron
a los puestos más altos del pareo), una derrota
en 20 jugadas a manos de un 2300, y resultó que,
muy tapado en lo profundo de una variante, yo había
tenido la posibilidad de un sacrificio de las dos
torres y la dama que seguramente
habría sido bautizado como la Inmortal argentina.
Sea como fuere, al cabo de un par de visitas había
yo conocido a bastantes personas como para poder
disfrutar de conversación
o de partidas de 10 minutos si me daba una vuelta
por el club al atardecer. También observé que
el bar tenía
una muy buena conexión de wi-fi, de modo que
incluso se puede jugar on line con la PC de bolsillo
si uno así lo
deseara.
Para
matar el tiempo después de mi
segunda victoria por ausencia, tuve un encuentro
fascinante con una mamá de
niño ajedrecista brasileño. Tengo
apenas una muy vaga idea de lo que es una mamá de
niño futbolista
(o, más recientemente, de niño jugador
de hockey), pero esta señora acompaña
a su hijito a los torneos por todo el continente
americano, y mientras conversábamos él
inspeccionaba atentamente su nuevo juguete, un
reloj digital de ajedrez que yo no tenía
la menor idea sobre cómo
“setear”. ¡Qué gusto ver cómo
la nueva generación ya me ha sobrepasado!
Mientras su hijo juega al ajedrez, ella se ocupa
tras las bambalinas de tejer su red
de contactos y evidentemente estaba interesada
en mis conexiones con el ajedrez ruso. Me dijo
que su
meta última era
conseguir que su hijo pudiese ir a Rusia a que
lo entrenaran allí, aunque no estaba segura
de que pudieran soportar el frío. Le aseguré que
se sobreestima mucho el frío moscovita:
si bien hay de vez en cuando días
de 20 grados bajo cero, durante el año que
pasé allá rara
vez hizo menos de 15 bajo cero. Mis seguridades
no surtieron mayor efecto pues la buena señora
abrió de par
en par sus ojazos negros, horrorizada ante la idea
de 20 grados bajo cero. Para arreglar un poco las
cosas opté por
sugerirle que fueran durante el verano...
Entre
los peces grandes y chicos que pululan en el
estanque ajedrecístico del Club hay muchos maestros
y maestros internacionales, y el pez más
gordo es el modesto y amistoso gran maestro internacional
Oscar Panno. Varias presentaciones
fueron acompañadas ya de [cordiales] sonrisas
al reconocer nuestros apellidos. Se nota que
en esta país no han
tenido pogroms... [Se nota que no oyó hablar
de los pogroms de la Semana Trágica en
Buenos Aires, enero de 1919, ni de la proporción
de judíos entre
los 30 000 desaparecidos de la última
dictadura militar. –N. del T.–] Esa es la otra
cosa que me
gusta de este país,
aparte de que jueguen al rugby.
Me
siento obligado a contar que, siendo el único jugador
identificado como inglés en la tabla de
posiciones, entre todos los marcados como ARG,
y un par procedente de Uruguay
y de PER (el Perú, ¡aunque lo primero
que pensé fue
que significaba Persia!), tuve una actuación
que me dejó en la mitad de la tabla del
Torneo Bolivariano, la cual me dejó bastante
satisfecho porque al empezar fui preclasificado
como 155 sobre unos 170 participantes...
Dicho de otro modo, el Club de Ajedrez de Cowley
brindó a
ese torneo el jugador europeo de ranking más
elevado (y posiblemente también el jugador
mejor “rankeado” del hemisferio norte, aunque
no estoy muy seguro acerca de
en qué hemisferio cae el Perú).
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Perú y “Avenida”, la [confitería] London [donde] un retrato de
Cortázar preside como un monarca. Una [cerveza] Quilmes en la mano mientras
leo un extraño cuento latinoamericano sobre un universo paralelo (donde
Cartago no cayó y donde no existe Gales)... Se me ocurre entonces que
quizás exista por ahí un universo alternativo donde en efecto
se jugó mi partida inmortal. Me detengo en esta cavilación placentera
mientras miro a los viandantes caminar por la calle Florida y recuerdo con
sumo agrado los buenos momentos pasados en el Club Argentino de Ajedrez, en
Paraguay 1858.
Clifford Marcus
Buenos Aires, [martes] 16 de diciembre de 2008
[Tradujo del inglés Fernando Lida García,
INDEC, lunes 19 de enero de 2009]
English version (original)
Buenos
Aires Chess
Indefatigable in its struggle to bring you, our esteemed readers,
the very best in chess journalism the Chequered Board, the
UK’s leading chess magazine, sent this reporter all the way
to Buenos Aires to report on chess happenings south of the
equator. And a veritable oasis of chequered activity he found
too in the Club Argentino de Ajedrez located on Paraguay
1858 (http://www.argentinodeajedrez.com.ar/index.htm). If
you are in that part of town it is well worth a visit, but
remember that on weekdays it does not open until five o’clock.
On
my first visit I was given a very warm welcome by Norberto
who sat me down at his desk to tell me a little about the
club. Pride of place in Buenos Aires chess history goes of
course
to the Capablanca Alekhin match, which was not actually played
on these premises, but in a hotel a few blocks away. Then
followed a list of distinguished visitors who had visited
the club,
including nearly all the world champions. Yes, Norberto confirmed
to my wide eyed schoolboyish question, Kasparov has been
here. Here he lowered his voice and leaned over his desk
to tell
me that one of the local members had actually beaten him
in a five minute game. Kasparov was not very pleased about
that,
I can tell you.
Norberto
then showed me round the club, which has the woody grandfather
clock feeling of a London Gentlemen’s
club and
I felt inclined to tread cautiously up the wooden staircase
knowing that the very Rug himself had ascended these stairs.
The first floor included a playing room busy clattering
away to the sound of hammered clocks and speed games, an
area
cordoned off that houses the holy relics, an alcove with
leather armchairs
and television set which more often than not was tuned
into football. In answer to the question what football team
I
support I tell them I am a rugby man they make some comment
about the
Pumas and I remember that this is of course a rugby nation
as well. One feels a deep compassion for people who have
to live in countries where there is nothing more interesting
than
football to watch. Then follows the bar area with a few
tables and chairs, the bar serving coffee, a variety of drinks
–
including Argentine whisky which is quite respectable,
and even a daily
menu with some very impressive dishes, all served with
impeccable service (even board side…) by the delightful young
wait staff
(couldn’t get British kids to do that kind of job properly,
could you?). Then on the other side of a glass partition
an area for tournament games, which is the spill over from
a similar
area on the ground floor which Norberto then took me down
to show me which had some games in progress.
At the
end of the tour he suggested a membership scheme for me,
which
was basically a two month membership for
about
15 pounds, which meant that I could enter the nine round
Simon
Bolivar Tournament for free as a member. Other regular
activities include semi rapids (15 minute games) on Fridays
and Saturdays,
and “pingpong” (seven minute games) on Sundays, but the
Bolivar was the biggest “pensado” (standard time) event
going on
while I was in town. Finally he left me to look round
for myself,
complimenting me on my Spanish saying I spoke the best
Castillian of any of the overseas visitors (which I assume
included
Kasparov…). I decided to kibbitz on some of the games
being played in the
downstairs tournament room where I finally understood
something that I had always wanted to know. Why it is that
in Britain
we have a chess season, chess presumably being a non
weather dependent game yet we don’t play in the summer. Just
watching
the games after a day in the 30 degree Buenos Aires heat
(which is really 35 degrees, they have a wind chill factor
in reverse
making the real heat sensation higher than the temperature)
was exhausting, so I couldn’t imagine what it was like
to play. One of the games featured a clash between the
former
and present
presidents of the club. I was later introduced to the
president, Luis Palacios, a truly charming man who said he
was delighted
to have me as a member and who is an expert in Elizabethan
history and even has a melody from Bird as his mobile
phone ring tone. (Is that the same Bird as the opening? We
must
ask our editor about that…). In fact when my opponent
didn’t turn
up in the first round of the Simon Bolivar tournament
I was very touched that he invited me to play an informal
game
with the genuine concern of someone who cares for all
of
his members.
He denied that he let me win the game but I wouldn’t
have put it past him.
My first
evening concluded with a round of fast games with some young
lads and a final contemplation
of the
holy relics.
These include the pieces, board and clock from the
Capablanca Alekhin match, which alone were worth the trip
round
the world to see. There is also the set from the Petrosian
Fischer match.
On behalf of all our Cowley members I stood in respectful
silence before the relics and offered suitably humble
prayers
to Caissa
that she bestow her bounteous gifts on us, her dutiful
worshippers who care naught for the superficial pleasures
and false joys
of other divinities, the delights of the board giving
instant satisfaction while leaving the appetite uncloyed.
I would
probably not have got away with sacrificing a llama
so I didn’t ask,
you’ll forgive my timidity.
I met a
variety of people on subsequent trips, including FIDE master
Blas Pingus with
whom I took a couple of
very instructive
lessons - mostly in Spanish but with some Russian,
English and a flourish of Italian thrown in. We analysed
my first
actual game in the tournament (after my first two
victories by default
which unceremoniously catapulted me into the stratospheric
section of the draw…) a 20 move rout at the hands
of a 2300 and it turned out that slumbering very deep
below the coverlet
in one variation I had a two rook and queen sacrifice
in
what would no doubt have been christened the Argentine
Immortal Game. Anyway after a couple of visits I
had met enough people
not to be without a pleasant chat or a couple of
ten minute games when I pop round for a couple of hours
in the evening.
I also noted that the bar had a very good wifi connection
so
you can even play on line with your pocket pc if
so inclined.
Filling
in the time after my second default win I had a fascinating
encounter with a very intriguing
Brazillian
chess mom. I
only have a vague idea what a soccer (or more latterly
hockey) mom
actually is, but this lady accompanies her young
lad all
over the Americas to chess tournaments and as we
chatted he was
busily inspecting his new toy, a digital chess
clock which I had no idea how to set. How pleasant to see
that the
new generation has already surpassed me… While
her
son plays
she busies herself behind the scenes with her network
of contacts
and was obviously interested in my Russian connections.
She said their ultimate goal was to get to Russia
for him to
be trained there, only she was not sure how they
would deal with
the cold. I assured her that the cold in Moscow
is greatly overestimated although there might be odd
cold snap of
minus twenty, in the year I spent there it hardly
ever got colder
than minus fifteen. My assurance was in vain, however,
her dark eyes positively opened saucer wide in
horror at the
idea of minus twenty… Maybe you could go in summer
I suggested rather
lamely.
The centre’s
pond life teems with masters and international masters, the
biggest fish being
the very modest
and amicable grandmaster Oscar Panno. Many introductions
were accompanied
with smiling recognition at our surnames, already.
You notice that they haven’t had pogroms here…
That’s
the
other thing
I really like about this country (the other being
that they play rugby).
I feel
duty bound, as the only “ENG” player among the host marked
“ARG” and a couple
from Uruguay
and “PER”
(Peru,
my first thought having been Persia….) to inform
you that I
achieved a mid table performance in the Bolivar
tournament which I was
happy with since I was ranked 155 in the 170
odd strong field…Another way to put it is that
Cowley
Chess Club
provided the tournament
with its highest ranked European player (possibly
also the highest ranked Northern hemisphere
player, but
I’m not sure
which hemisphere Peru is in).
Peru and Avenida, the London Bar, Cortazar’s portrait surveys
like a monarch. A Quilmes in hand reading some strange Latin
American short story about a parallel universe (where Carthage
didn’t fall, and Wales does not exist). The thought occurs
to me, maybe there is an alternative universe out there where
my immortal game was actually played. I muse pleasantly on
this prospect watching the people walk along Calle Florida
and think very fondly of my times at the Argentine Chess Centre
on Paraguay 1858.
Clifford Marcus, Buenos Aires 16 Dec. 08